Un nuevo estudio publicado en la revista Communications Earth & Environment ha reabierto el debate sobre el origen y la aparición de la peste negra, la mortal enfermedad que diezmó a la mitad de la población europea en el siglo XIV. Aunque los científicos conocen bien los mecanismos de la peste, en particular su agente patógeno y su transmisión por ratas y pulgas, este reciente descubrimiento ofrece una primera explicación del momento de su llegada a Europa, comparándolo con la devastación que ya había causado en comunidades de Asia Central. La investigación sugiere que la aparición de esta epidemia podría atribuirse a una erupción volcánica alrededor de 1345, unos dos años antes del inicio de la pandemia, que enfrió el clima, provocando hambrunas y, en consecuencia, importaciones de grano que podrían haber introducido la peste.

El trabajo de investigación realizado por Ulf Büntgen y sus colegas se basó en indicios extraídos de los anillos de los árboles, que permitieron al equipo reconstruir con notable precisión la historia de la temperatura y las precipitaciones en Europa durante los últimos 2000 años. Ulf Büntgen observó que las temperaturas en toda la cuenca mediterránea fueron ligeramente inferiores a la media entre 1345 y 1357. Esta anomalía climática llamó inmediatamente su atención, lo que le llevó a investigar más a fondo sus orígenes y mecanismos. El enfriamiento de un clima puede atribuirse a varios factores: su hipótesis era que una erupción volcánica había provocado la liberación de aerosoles, enfriando así el clima. Para confirmar su hipótesis, examinó núcleos de hielo de Groenlandia y la Antártida datados en 1345. Los resultados fueron unánimes: los núcleos contenían altos niveles de azufre, indicativos de erupciones volcánicas.
En una conferencia, Martin Bauch, historiador del clima medieval que investigaba el desarrollo de la peste negra, conoció a Ulf Büntgen. Ambos estaban interesados en los mismos años climáticos anormales considerados decisivos para la aparición de la peste negra. Para reconstruir el contexto social de estos años clave, Martin Bauch ya había analizado documentos administrativos, cartas, tratados sobre la peste, poemas e inscripciones. El historiador del Instituto Leibniz de Historia y Cultura de Europa Oriental de Leipzig también ha descubierto huellas de actividad volcánica en estos archivos. También ha descubierto extraños relatos, sobre todo en China y Bohemia, de eclipses lunares que, según el cálculo de las órbitas, no pudieron haber tenido lugar en aquella época. En su opinión, es posible que un cielo cargado de partículas (potencialmente volcánicas) alterara el aspecto de la Luna vista desde la Tierra y diera lugar a estas insólitas descripciones lunares.

Estos acontecimientos se combinaron en una cadena causal que acabó desencadenando la pandemia de peste negra. A la erupción volcánica siguió una ola de frío que duró varios años y que tuvo un impacto devastador en las cosechas de toda la cuenca mediterránea. Esta crisis agrícola dio lugar a acciones humanas que aceleraron involuntariamente la propagación de la peste. Para contrarrestar la hambruna causada por la caída de las cosechas, las principales ciudades-estado italianas, como Venecia y Génova, se vieron obligadas a importar urgentemente trigo de la región del Mar Negro. Pero estos preciados cargamentos estaban infestados de la bacteria mortal responsable de la peste, la Yersinia pestis. Las pulgas de rata, vectores de la enfermedad, se sienten especialmente atraídas por las reservas de grano y eran capaces de sobrevivir durante meses en el polvo del grano. Esto les permitía soportar el largo viaje por mar desde el Mar Negro hasta Italia. Una vez que el grano llegaba a su destino, el almacenamiento y la redistribución de la mercancía provocaban la propagación de las pulgas y, en consecuencia, del agente patógeno por todo el continente. Las consecuencias fueron catastróficas: antes de la pandemia, la población mundial se estimaba en menos de 450 millones de habitantes. Entre 1347 y 1351, la peste negra mató al menos a 25 millones de personas. La onda expansiva de esta catástrofe dejó repercusiones sociales, económicas y culturales que se dejaron sentir durante décadas.